
Mientras espero en el aeropuerto de Tampico la salida de mi vuelo, pienso lo que está sucediendo a esa misma hora en la Sala de Cabildos del Ayuntamiento de la ciudad. Aún sin estar ahí, sé de la turbación, el nerviosismo que hará apenas una mínima sonrisa en los labios del escritor Arturo Castillo Alva, eso que parece más bien un gesto tímido donde asoma la satisfacción del momento.
Luego, estoy contenta esta mañana en la que sostenida a 20 mil pies pienso en realidad en la altura de la obra de Castillo Alva.

lo he visto asumir la palabra con humildad, mantenerse en su exilio creador, nadar aguas marginales sin otra ambición que no sean las letras. A veces también lo he visto aceptar con recato premios, asistir con pudor a reconocimientos.
Parafraseando el aforismo podríamos afirmar que nadie es poeta en su tierra… pero ¿Y si lo fuera? ¿Dónde cabe la voz en este mundo de redes saturadas y de prisas? ¿Quién escucha las líneas impresas? ¿Qué clase de sociedad es entonces aquella que da lugar y se reconoce en las palabras de sus creadores?
Sin duda es un grupo que pone en su centro al hombre, que se autovalida, que se impulsa para continuar creciendo.
Desde la ventana de la aeronave observo el paisaje que antes nubes y azules, y es ahora líneas geométricas que comienzan a tornarse en ciudad. Mientras disfruto la sensación de la llegada sigo recordando a Arturo, al maestro que devino en amigo, a la medalla que ya es suya, a su obra que ya es nuestra.
Columna publicada en el periódico Expreso de Cd. Victoria y La Razón de Tampico, Tamaulipas.
Portales electrónicos: Gaceta.mx y La Región Tamaulipas.
Publicado el 25 de octubre, 2012.
Publicado el 25 de octubre, 2012.