lunes, 11 de enero de 2010
sábado, 9 de enero de 2010
viernes, 1 de enero de 2010
miércoles, 30 de diciembre de 2009
2010: Próximo y reluciente.
El aguinaldo sin saldo, el año ha punto de terminar. ¿Vacaciones? Muy pocos afortunados... burócratas o personas que trabajan en educación... ¿alguien más? Felicidades.
Y sin embargo la fiesta sigue. La esperanza es un mecanismo de sobrevivencia. Hemos pasado por tanto, caminamos fuera del paraíso y sin lugar a dudas creemos que puede ser mejor; que esta vez sí.
Hay conjuros mágicos para trocar el déficit a nuestro favor, atenuar las circunstancias, calzar la fortuna a nuestros pies desnudos. El llamado de la suerte comienza con sábila en la entrada; canela dentro. Dulce para el amor, espigas para la paz. Velas para la abundancia, limón partido para las envidias, monedas bajo la cama para la solvencia. Rituales de tradición al finalizar el año que podríamos probar antes de descartarlos como apócrifos.
La crisis, el gobierno, la chamba, la familia, la salud, los propios demonios de nuestra cosecha; obligan a reconsiderar otras salidas, remedios factibles, situaciones que provoquen saltos de fe. Se vale insistir en posibilidades.
Por eso a limpiar la casa. Fregarla bien, hasta por donde la suegra no mira. Asear rincones, barrer la mala vibra, deshollinar los sueños, desempolvar el horizonte. Por eso a descacharrizarnos. Adelgazar el embalaje, despedirnos de la quebrazón y el despostille. Largar también el herrumbre, lo que permaneció inmutable estos días.
Por eso un baño en pétalos de rosa y miel, sal marina del cuello para abajo. Enjuagues en agua de manzanilla, o con azúcar y eucalipto para escampar rencores.
Por eso alguna prenda nueva para vestirnos de siempre, usar al revés la ropa interior y no equivocarse con el tono del calzón. Combinar listones en nuestras muñecas, guardar un billete grande en el bolsillo derecho, otros más en nuestros zapatos para el camino que vendrá.
Por eso en la mesa el mejor mantel, la vajilla, las copas, invitados de nuestra confianza. Una cucharada de lentejas, tres monedas en el postre, mucha espuma en nuestro vino.
Por eso borrar el pasado en cuenta regresiva, sostener en la diestra las llaves que abren puertas, encienden los motores. Levantar el pie izquierdo a media noche para inaugurar el año sostenidos por el pie derecho.
Por eso doce campanadas, doce uvas, doce deseos. Un vaso de agua que se hecha a la calle, penas y lágrimas que se amansan.
Los abrazos, una maleta grande, el primer viaje dando la vuelta a la manzana.
Por eso nuestros anhelos, de puño y letra se sellan con corcho en una botella; buscamos un río, el mar de vida para arrojarla y pronunciar: aquí mis deseos, llévalos donde quieras, cerca o lejos, buscaré que se cumplan este 2010.
Eva sin paraíso: columna en el Expresso
Imagen tomada de:ceibal.edu.uy
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martes, 29 de diciembre de 2009
La SFP tampoco cree en Santa
Tenía cinco años, lo recuerdo bien. Esa mañana era fría, la familia había dormido en casa de los abuelos. Una luz cruda iluminaba la recámara cuando desperté, junto a mí amanecía una pelota color verde; redonda de nueva... también otros juguetes más que no recuerdo.
Salí al pasillo, mi padre tomaba café en la terraza y uno de mis primos se entretenía sonriente botando una pelota roja semejante a la que acababa de encontrar a mi lado. “Es que anoche vino Santa”, me explicó sonriente. Yo me asusté ¡Un extraño había entrado mientras dormía sin que nadie lo advirtiera, me observó de cerca y a un lado de la almohada dejó constancia de que había estado ahí! Se suponía que eran regalos por haber sido buena niña. Desconfíe del olor a plástico nuevo. ¿Cómo podía suceder eso? ¿De veras ninguno en casa se dio cuenta? ¿Podía quedarme con los obsequios de un intruso fisgón desconocido? ¿Por qué todos parecían tan conformes?
Mi madre me llamó desde otra área de la casa, papá también fue conmigo. ¿Quién es ese Santa Clos? Les pregunté siempre incrédula.
Hay padres que necesitan mentirle a sus hijos para hacerlos felices, pero todos los engaños tienen la piel delgada, tarde que temprano la evidencia se trasluce. Aunque lo supe antes que muchos, no fui quien para deslavar ilusiones ajenas. Mi obsequio ese veinticinco fue saber que se puede vivir con la verdad. Aún conservo ese regalo, lo uso como sobretodo en este tránsito sin paraíso.
Hay padres que necesitan mentirle a sus hijos para hacerlos felices, pero todos los engaños tienen la piel delgada, tarde que temprano la evidencia se trasluce.
Ya estamos grandecitos para creérnosla, por si las dudas, la Secretaría de la Función Pública (SFP) ha bloqueado la chimenea de los funcionarios al hombre de rojo. Apenas un Santa light cabe por ahí.La Ley Federal de Responsabilidades Administrativas de los Servidores Públicos, es clara, y apenas permite regalos que no se aproximen a los 550 pesos o más exactamente: 10 veces el salario mínimo diario vigente en el Distrito Federal.
Han anunciado las lenguas antinavidades que el Grinch anda suelto, la SFP ha echado a andar operativos y exhortos. Ante sospecha, denuncia o inclusive de manera aleatoria se aplica el programa “usuario simulado”. Esta actividad pegará duro a los menos astutos y voraces, ya que consiste en enviar regalos anzuelo o realizar visitas inesperadas a los servidores y hurgar las faldas de sus pinos decembrinos.
Sin embargo, como son noches de paz y amor, prevalece la fe en nuestras autoridades y burócratas. La SFP brinda confianza a los servidores públicos, exhortándolos a registrar todos los presentes recibidos; especificando la fecha de recepción, el remitente, la relación que existe con éste y el costo aproximado del obsequio. Así cualquier dádiva que ponga en entredicho su imparcialidad o le resulte comprometedora, deberá de darlo a conocer de manera formal al órgano interno de control de la dependencia a la cual se encuentre adscrito, en un plazo no mayor a siete días hábiles.
Tres días después, luego de revisar si existe conflicto de intereses, se resolverá el paradero de las entregas con moño navideño.
Ya veremos este año de a cómo toca.
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viernes, 25 de diciembre de 2009
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