Por esos andares de trámites administrativos que en la vida se van dando, me enteré al mismo tiempo del joven tras el escritorio, que habemos dos mujeres llamadas igual, que vivimos donde mismo, que somos esposa de un hombre desde hace más de una década y tenemos dos hijas. No aclaraba la información que obtenía desde la red, el reciente cambio de domicilio. Ambas residimos en la dirección de antes y seguimos recibiendo llamadas en el mismo número telefónico. Pero esta soy yo, y también la otra. Por favor, termine la gestión, le insistí.
El joven se negó. Vaya y bórrese de usted, me dijo. Busque que la integren. Sea una sola. No puede tener datos de repuesto. Nadie debe nacer dos veces en el mismo archivo del Registro Civil.
Asentí. Me asusta la neurosis documental.
¿Pero quién me duplicó en esa forma? Ahora resulta que la yo de la credencial de elector, la de la licencia de conducir, la del pasaporte… tenemos rasgos en común, nos parecemos en la fotografía pero con distinto folio personal.
Los números nos vuelven otros.
La mayoría preferimos mirar por encimita, hacer como que vemos. ¿De qué otra manera explicar la incongruencia? Cada uno es al antojo de quien llena el formato. Nos repetimos tantas veces según el humor de quien no se fija, hasta que llega el día cuando una persona nos mira de arriba a abajo, nos coteja escrupulosamente, y nos acepta o nos rechaza.
Ahora tendré que levantarme temprano y explicar al de atrás de un mostrador: cómo y por qué es que yo, soy yo. Llevo una vida en ello y aún no se si pueda hacérselo entender a otro. Sé que usted sabe de esto, ciertamente es difícil.
¿Y los que se equivocan desdoblando a uno de esa manera? A quienes debemos la gracia del desajuste también tienen nombre y apellidos. Espero que por lo menos la corrección de erratas no tenga cargo.
Mañana comienzo a restablecer mi identidad, tal cual, papel por papel desde el principio.
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